“Alejandra, deja de molestar a tus compañeros y siéntate en tu puesto”- dijo con voz autoritaria una profesora “N” de una escuela “N” de mi ciudad, Temuco, sin siquiera levantar la vista para mirar lo que sucedía en su aula. Este llamado de atención de una profesora, aparentemente normal, tal vez lo sería si no fuera porque “Alejandra” no había ido ese día a la escuela.
El respeto por las diferencias individuales planteado por la reforma educacional hoy en curso, ha sido un tema que también ronda continuamente mis pensamientos. En las aulas los niños jamás resultan iguales unos a otros, cada uno es movido por historias e intereses distintos, cada uno es tan sólo eso, “uno”. Y a pesar de esto, a pesar de estas diferencias, vemos que reciben una misma educación y que se enfrentan todos a un mismo curriculum. En otras palabras, se intenta educar desde la igualdad, pero ¿Qué hacer cuando nos enfrentamos con casos donde la igualdad no basta? ¿Dónde las diferencias individuales superan lo común y esperado? ¿Están las escuelas preparadas para enfrentar las diferencias individuales?
Tengo un hijo que es parte del grupo de niños que no cumple con los parámetros establecidos para ganarse la categoría de “normal”. Durante sus pocos años inmerso en el sistema escolar (siempre establecimientos municipales), sus distintos profesores me han llamado, algunos para decirme que tiene déficit atencional, que es superdotado, otros, hasta que es índigo. “Ninguna de las anteriores” digo el neurólogo al que me vi en necesidad de consultar luego de las insistentes sugerencias de su profesora de Kinder, la que no sabía qué hacer con este niño tan diferente a los que había conocido. Su diferencia estaba centrada en dos puntos principales:
Lucas no acata las reglas por el simple hecho de que le indiquen que debe seguirlas. Las cuestiona, las critica y no las acepta si en su pequeña cabecita de 7 años, estas reglas no cuadran con sus intereses, derechos y su comprensión del mundo. Sale de la sala cuando la materia no llama su atención y siempre pregunta para qué necesita aprender cada uno de los contenidos que la profesora comienza a enseñar. Si no le gusta, o considera que no es relevante, no trabaja.
Tiene intereses muy distintos de los que tienen habitualmente los niños de su edad. Sus juegos favoritos son hacer mapas, hojear libros de anatomía, ver documentales y principalmente aprender todo lo relacionado con la ciencia. Desde muy pequeño los juguetes que le regalan los deja fuera de la casa para que se los lleven ya que a él no le gustan. Nunca jugó con autitos ni aprendió a chutear una pelota. Sus juguetes más preciados son un globo terráqueo, un microscopio y sus libros de anatomía.
Los docentes insisten en que nunca en sus años de experiencia habían tenido un niño como él. .. ¿Podrá ser así? Ya desde prekinder hasta ahora, que está en segundo básico, se me ha solicitado insistentemente que lo evalúe por especialistas. Obviamente en forma particular porque el sistema no cuenta recursos para hacerlo. Cerca de $100.000 pesos me costó evaluarlo con una psicopedagoga y un neurólogo (por fonasa, claro) Y este año nuevamente debo evaluarlo, porque ya se me dijo que probablemente repita el año.
Mi pregunta es… ¿Dónde queda el respeto por las diferencias individuales y la capacidad del sistema de hacerse cargo de éstas? Afortunadamente he contado con las posibilidades de pagar el costo de estas evaluaciones, aunque no sin cierto sacrificio. ¿Qué ocurre con aquellos padres que no cuentan con recursos para asumir estos costos? Esa es una parte de mis cuestionamientos. La otra tiene que ver con lo sucedido a Alejandra. .. ¿Cómo afecta a los niños la estigmatización por parte de sus profesores? Conocido es el llamado “efecto Pigmalión”. Pigmaleón fue el creador de la Venus del Nilo, él buscaba la mujer perfeca, el ideal, y tanto fue su deseo que cuenta la leyenda que la piedra se hizo carne. Si lo transpolamos al campo educacional se deduce que lo que se espera es lo que se recibe, dado que todas las actitudes están enfocadas inconciente o concientemente a que se realice. Un profesor que espera de sus alumnos altos resultados obtiene mejores logros que uno que da por hecho que sus niños no son capaces, sea por las razones que sea.
Me preocupa la facilidad con la que los docentes califican a un niño como desordenado, flojo, rebelde o lento. Pero esta moneda tiene dos caras…Y en la otra cara de la moneda recuerdo otro caso aún más brutal. Durante mi tesis en una de las entrevistas hecha a una docente de una escuela que recibe a niños de ex campamentos, ella me contó “Una vez le mandé a un niño una comunicación diciéndole a sus padres que el niño no se comportaba debidamente en clases y no había hecho las tareas. Su madre al día siguiente vino y con un cuchillo me amenazó diciendo que esta era la última vez que yo le enviaba una comunicación a su hijo, porque su marido le había dado tal paliza al niño que casi lo había matado… me dijo que de ahora en adelante me las arreglara sola, porque si no iban a haber consecuencias…”
¿Cómo enfrentará el sistema educacional este tipo de desafíos? ¿Cómo lo asumimos como sociedad? Todo se lee tan bonito en el papel… mientras tanto en las aulas los profesores siguen sin saber qué hacer con aquellos niños que no se transforman en un ladrillo más en la pared...y no necesariamente porque sean malos profesores o carezcan de la voluntad de hacer mejor las cosas, sino porque no saben cómo, el tiempo no les alcanza, tienen pocos recursos y sólo dos manos y una cabeza para 45 niños y niñas...Mientras no haya mejoras significativas, los niños siguirán sufriendo las consecuencias de no encajar en el sistema que acepta las diferencias individuales siempre y cuando sean todos iguales...
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